La lista es extensa y va desde los catorce aeropuertos regionales que ya han sido vendidos a una empresa alemana, pasando por el aeropuerto de Atenas, los puertos de Piraeus y Thessaloniki, el sistema de transmisión de gas, una compañía eléctrica, el servicio de correos, compañías de transporte, la principal compañía de telecomunicaciones, una autopista de 648 kilómetros, una refinería de petróleo, parte de las compañías de gestión de agua y varios bienes inmobiliarios en los principales puntos turísticos griegos, así cómo las licencias para operar casinos y los derechos sobre sitios de interés arqueológico.
Se trata de un plan tan extenso y agresivo de privatizaciones que tiene francamente poco sentido en estos momentos. Primero porque resulta impensable emprender la venta en medio de una crisis, y además porque plantea un calendario tan apretado que no parece lo más razonable, si lo que se busca es maximizar el valor de las propiedades. Y además, muchos de los activos que se ponen a la venta generan importantes ingresos para el Estado Griego, ingresos que se van a perder.
Probablemente, hubiera sido mucho más sensato implementar un plan para mejorar la gestión de estas compañías públicas y más tarde estudiar si en alguna de ellas se puede, sin prisas, maximizar su valor para el Estado con su venta.
Por otra parte, el grueso de lo obtenido con la venta de activos se destinará a repagar deuda con los deudores y a financiar a los quebrados bancos griegos. Sólo una cuarta parte de lo obtenido se destinará a inversión en crecimiento en Grecia. Y por último, porque conceptualmente no ayuda en nada a la economía de un país cambiar monopolios estatales por monopolios privados.
En el fondo, en este sentido, la Troika ha pasado un poco a comportarse cómo China o Rusia. Y cabe comprender que China da préstamos a Venezuela, pero a cambio de que este último país le hipoteque un tercio de su producción futura de petróleo.