El mercado regulado de apuestas deportivas en Estados Unidos sigue creciendo, pero en 2026 empezó a mostrar un cambio operativo que va bastante más allá del handle y del revenue: las principales casas de apuestas están reduciendo —y en algunos casos directamente eliminando— el uso de tarjetas de crédito para fondear cuentas. La tendencia no responde a un único factor. Se explica por una combinación de presión regulatoria, mayor foco en el endeudamiento del usuario y una revisión cada vez más estricta del riesgo transaccional. En un negocio que todavía expande volumen, el eje empieza a correrse hacia la calidad del ingreso, la sustentabilidad del modelo y la gestión del riesgo.
El contexto acompaña ese giro. Según la American Gaming Association, el sports betting regulado movió USD 166,94 mil millones en apuestas durante 2025, un 11% más que en 2024, y generó USD 16,96 mil millones en ingresos, con una suba interanual del 22,8%. El dato confirma que la industria sigue en expansión, pero también deja en claro que el debate en 2026 ya no pasa solo por cuánto crece, sino por cómo se sostiene ese crecimiento y bajo qué condiciones se financia.
El primer movimiento fuerte vino de los operadores. DraftKings, FanDuel y BetMGM avanzaron, en distintos momentos, en la eliminación o reducción del uso de crédito. El patrón es bastante evidente: incluso donde la regulación todavía no cerró la puerta del todo, las compañías están optando por anticiparse, reducir exposición y alinearse con el escenario regulatorio que viene. No es una reacción aislada, sino una decisión estratégica coordinada.
La discusión, además, escaló a nivel político. En febrero, la senadora Elizabeth Warren, desde el Senate Banking Committee, pidió explicaciones a operadores sobre el uso de crédito en apuestas, con especial atención sobre las transacciones tratadas como cash advances con cargos de entre un 3% y un 5% del monto. El punto es clave: estos costos, sumados a comisiones fijas, distorsionan el valor real de apostar. El debate ya no gira solo alrededor del juego, sino sobre el impacto financiero directo sobre el usuario y la transparencia del sistema.
Ese enfoque se apoya en datos concretos. Un estudio del Federal Reserve Bank of New York mostró que, tras la legalización del sports betting móvil, el gasto en apuestas aumenta aproximadamente diez veces y la participación crece 3,1 puntos porcentuales. Pero, al mismo tiempo, detectó un deterioro en indicadores de salud crediticia: el score promedio cae cerca de 1 punto, la morosidad general sube 0,3 puntos porcentuales, y entre los menores de 40 años la morosidad en tarjetas de crédito aumenta alrededor de 1 punto porcentual. Al aislar a quienes efectivamente apuestan, el incremento implícito de morosidad ronda los 10 puntos porcentuales. En términos simples: más acceso implica más riesgo.
Ese diagnóstico ya se traduce en regulación concreta. En 2026, Maine prohibió el uso de tarjetas de crédito en apuestas online. En Massachusetts, donde el crédito ya estaba bloqueado desde el inicio, la política se reforzó con una multa de USD 450.000 a DraftKings por fallas en el control de depósitos. En Iowa, directamente, la aceptación de crédito no está permitida y se utiliza como criterio para detectar operadores ilegales. El mensaje es consistente: el crédito dejó de ser un canal neutro y pasó a ser un factor de riesgo estructural.
En Tennessee, el enfoque aparece más vinculado a la seguridad de pagos y al control operativo. El Tennessee Sports Wagering Council reforzó exigencias de autenticación, verificación de identidad y control de intentos fallidos de depósito. El dato es relevante porque se trata del mayor mercado online-only del país: en estos entornos, el método de pago deja de ser un detalle técnico y pasa a ser parte del core regulatorio.
Para los operadores, sin embargo, el impacto comercial directo es limitado. En la práctica, las tarjetas de crédito ya no son el principal canal de fondeo, y el reemplazo se está dando hacia debit cards, transferencias bancarias y billeteras digitales. Desde la lógica del negocio, estos métodos reducen costos, mejoran la trazabilidad y disminuyen la exposición reputacional. No es solo una cuestión regulatoria: es también una optimización operativa concreta.
Ese movimiento también puede leerse como una señal de madurez del mercado. En enero de 2026, el mercado registró USD 14,81 mil millones en apuestas (handle) y USD 1,61 mil millones en ingresos, con una leve desaceleración del volumen pero una mejora del hold al 10,84%. Fue uno de los primeros momentos en los que el crecimiento dejó de ser lineal. En ese escenario, la prioridad empieza a ser clara: menos volumen indiscriminado y más calidad de ingresos.
El fenómeno, además, no es exclusivo de Estados Unidos. En Gran Bretaña, la UK Gambling Commission mantiene la prohibición del uso de tarjetas de crédito para apostar. Irlanda avanzó en la misma línea. Australia también bloqueó el uso de crédito en el juego online. Y en Brasil, la regulación permite PIX, transferencias y tarjetas de débito, pero excluye el crédito, priorizando la trazabilidad del dinero. Cambian los argumentos, pero la dirección es la misma: el crédito pierde espacio en el juego regulado.
Más que una ruptura, lo que se observa es un reordenamiento profundo del modelo. Los operadores ajustan antes de ser obligados, los reguladores avanzan con evidencia, y el crédito —aunque marginal en volumen— se vuelve central en términos de riesgo, narrativa pública y presión política.
Ahí aparece el verdadero cambio. La discusión ya no pasa solo por permitir o prohibir un medio de pago, sino por definir qué tipo de crecimiento es sostenible. En un mercado que ya alcanzó escala, el foco se desplaza hacia la calidad del jugador, la sostenibilidad del gasto y el impacto financiero asociado.
La lectura final es contundente. Las tarjetas de crédito no están desapareciendo porque hayan dejado de ser útiles, sino porque se volvieron difíciles de sostener en un entorno más regulado, más expuesto y más exigente. En 2026, el negocio sigue creciendo, pero bajo nuevas reglas. Y cada vez más, la pregunta clave ya no es cuánto se apuesta, sino con qué dinero se apuesta y a qué costo real para el sistema.