Según el sindicato, concurren cerca de mil personas los fines de semana, pero sólo cien los días laborables. Lejos quedaron las largas colas en las puertas, como sucedía diez años atrás.
En la Ciudad de Buenos Aires quedan cinco bingos “tradicionales”: el de Belgrano, Flores, Congreso, el de la peatonal Lavalle, propiedad del empresario Nazareno Lacquaniti y el de Caballito, de Juan Vicente Cataldo.
“El público fue mutando, aparecieron las máquinas y el apostador más joven prefiere otra cosa. El bingo atrae gente más grande, sola, o de poco nivel adquisitivo, que con $ 200 puede jugar toda la tarde y tomar algo”, declaró un empleado.
Pese a la baja de público y las dificultades para generar un pozo, hace cuatro años los bingos lograron evitar la quiebra tras un acuerdo con Lotería Nacional, que los eximió del pago del canon para mantener las fuentes de trabajo.
Cuánto mueve el juego
Según datos del libro El poder del juego, de Ramón Indart y Federico Poore, los argentinos apostaron en 2013 105.600.000.000 pesos (11.818.689.945 dólares) en bingos, casinos y billetes de lotería, es decir, más de 2.500 pesos per cápita por año. Esto equivale a un mes y medio de recaudación de impuestos del Estado nacional, y es el doble de lo que las provincias destinan a sueldos del personal de seguridad.
En la provincia de Buenos Aires, la empresa Codere cuenta con 5.500 máquinas tragamonedas, e ingresos que rondan los 620.000.000 de dólares. En México, con 19.000 máquinas obtuvo ingresos por sólo 326.000.000 de dólares.